Este 17 de agosto, el hijo pródigo de Mar del Plata cumple años. Guillermo Vilas, el mejor tenista argentino de todos los tiempos, el que ganó 62 títulos de ATP, el que nos hizo enamorar del tenis.
Vilas llevó el tenis argentino a la élite mundial y transformó para el deporte.
La estatua de Vilas en su ciudad, Mar del Plata, donde también hay un Espacio que recuerda su carrera.
Hace diez años, con algunas de las raquetas originales que utilizó en su carrera.
Pelo corto, sin vincha pero la misma mirada. Vilas a los 16, cuando fue convocado por primera vez para la Copa Davis.
Spinetta y Vilas, dos ídolos unidos por el rock. En Nueva York, durante la grabación de un álbum que tiene un tema de Guillermo, “Childen of the bells”.
Antes de ser Guillermo Vilas, los Grand Slams, las noches inolvidables en París, Nueva York y Melbourne, de que injustamente nunca fue reconocido como el mejor del mundo, y de que su apellido fuera pronunciado con admiración en todos los idiomas, fue un chico de Mar del Plata.
Porque aunque nació en Buenos Aires el 17 de agosto de 1952, apenas dos días después regresó junto a su familia a la ciudad que moldearía su personalidad y su destino.
Guillermo Vilas es, por encima de todo, un hombre de la costa bonaerense. Un marplatense que llevó consigo el viento del Atlántico, la paciencia del pescador, la resistencia frente a las adversidades y esa mezcla tan particular entre calma e intensidad que parecía pertenecerle solamente a él.
Mar del Plata no fue un simple lugar de residencia: fue la tierra donde comenzó a escribirse una leyenda.
Allí, en las canchas del Club Náutico, se inició una historia que cambiaría para siempre el deporte argentino. Allí recibió su primera raqueta, aquella que le regaló su papá, José Roque Vilas, cuando apenas tenía cinco años. Allí pasó horas interminables golpeando una pelota contra un frontón mientras otros chicos jugaban en la playa.
Ese chico todavía no sabía que estaba construyendo algo mucho más grande que una carrera deportiva: estaba abriendo una puerta por la que entrarían miles de jóvenes argentinos que, años después, mirarían una raqueta de otra manera.
Fuente: Agencia DIB
